ME SALTO LOS SEMÁFOROS EN VERDE

HISTORIA DESDE EL CONFINAMIENTO: CAPÍTULO LII

SEMAFORO

Me desconfino legalmente un momento para tirar la basura. Igual que  hace unas semanas, casualidades de la vida, vuelvo a coincidir con Otto, el alemán que vive en Santa Perpétua, el que tiene a la mujer embarazada y que cuando nazca la niña le van a poner de nombre Aloe, por lo del Aloe Vera, según me soltó aquella vez.  Otto no lleva mascarilla y, la verdad, me extraña porque la imagen que tengo de los alemanes es la de personas muy responsables y obedientes con las normas.  He querido evitarlo apartándome con mucho recelo hasta  borde de la acera y disimulando la mirada hacia otro lado para hacer ver… que no le veo. Él, como buscando el contacto, casi se me echa encima y me hace perder el equilibrio en el bordillo.

–¡Hola, hola, hola! ¿Qué tal?  ¿Cómo estás, bien? ¿Bien, estás bien?… – Se ha dirigido a mí, aturdiéndome a preguntas sobre mi estado de salud, sin mascarilla  y como persiguiendo  la proximidad que yo, sin éxito, he tratado de evitar.

–Bien, tú también… veo—le respondo pero sin poder ocultar cierto titubeo y con ganas de salir corriendo.

–Y tu esposa también, supongo. ¿Ha nacido ya Aloe?—Le pregunto por cortesía.

–Aloe… ¿Aloe, cómo dices?—Ha sido su respuesta, como si no supiera de que le hablo. Entonces he dudado sobre si lo que me dijo de llamar al bebé Aloe era real o sólo una imaginación mía…

–Nada, nada, estaba pensando en otra cosa. Da recuerdos. ¡Nos vemos!—Me he disculpado rápido y con intención de cortar la conversación y proseguir mi camino hacia los contenedores. Pero  cuando ya daba por superado el encuentro he notado su mano sobre mi hombro.

–Tío, aquí sois la hostia. Me gusta mucho vivir aquí, en España… porque aquí se vive bien, muy bien y no te miran mal por hacer lo que te sale de las pelotas, y ni la policía, ni  ayuntamiento,  ni nada—me dice sin soltarme– No cómo en Alemania, aquí hay libertad y puedes hacer lo que quieras. A mí me gusta salir sin mascarilla, fuera de horario y revisar si hay alguna norma nueva para pasármela por el forro—A continuado… pero ya de cara.

–Con lo de incumplir las normas soy riguroso- me sigue diciendo—lo hago siempre y con todas las que puedo pero a veces legalmente.

–¿Cómo, legalmente?—le pregunto extrañado.

–Si, como los semáforos que están en rojo, que si te acercas a mucha velocidad puedes hacer que se cambie a verde aunque en realidad siga en rojo.

–No entiendo—le digo más confuso todavía.

–A ver, el semáforo está en rojo para los que lo ven rojo y verde para los que nos acercamos a toda velocidad, pero muy, muy rápido, que lo vemos verde y así, si te lo pasas… como lo ves verde es legal, pero como está en rojo pues te lo saltas… ¡Joder, si aquí lo hacéis todos! ¡Sólo se paran los pringaos! ¡No me digas que no lo has hecho nunca!

–Adiós Otto, saludos a tu mujer—Me despido, aterrado y dejándole con la palabra en la boca.

Tiro la basura, selectivamente, en los contenedores del color correspondiente. Preocupado, vuelvo a casa y busco en Google: “cambio de color con la velocidad”

Joan López – Mayo 2020