SALGO A LAS SEIS

HISTORIA DESDE EL CONFINAMIENTO: CAPÍTULO XLVIII

A las seis de la mañana las calles están vacías, silenciosas, tranquilas y sin obstáculos que ir sorteando si sales a correr. A esa hora he salido esta mañana. Inmóvil en el borde de la puerta he mirado a derecha y a izquierda, sin decidirme para dónde tirar y con la cabeza indecisa sobre el recorrido a seguir.  Estas circunstancias tan favorables tienen eso, la típica ansiedad de cuando quieres aparcar y todas las plazas están libres para ti.

Por fin me decido, hacia la izquierda, como siempre. Miro al cielo y, con las dudas sobre si tendría que haber cogido el chubasquero,  empiezo el trote suave. Al instante noto una ligera molestia—dudo si puede ser lesión– en el empeine del pie derecho y otra, también ligera, en la parte interior del muslo izquierdo. Al pasar por delante de la farmacia recuerdo que tengo que comprar un tubo nuevo de crema antiinflamatorio, para tenerlo por si acaso. Entonces me asalta la duda de si debería seguir con el trote… O de si parar y continuar sólo marchando sería lo más prudente. Tengo la sensación de que la molestia del pie va en aumento. Vacilo durante unos metros más y finalmente decido parar de correr y seguir sólo andando.  A la altura del lago  me cae una gota en la frente, pero no sé si es de lluvia nueva o de la que cayó ayer. Tengo mis dudas de si no  estaba esperando en la hoja de un árbol a que pasara por debajo para caer y mojarme. Por lo de los árboles, no sé si debería  seguir por el paseo abajo o desviarme a la izquierda para dar unas vueltas alrededor del lago. Además, quizá pisar sobre tierra sea lo mejor para la molestia del muslo izquierdo… pero claro, las irregularidades del terreno y la inestabilidad de la pisada  son peor para lo del pie. Me cae otra gota, esta vez en la mascarilla. Nuevamente pienso en el chubasquero que no he cogido y que tan inútilmente tengo colgado en el armario. Reculo los metros andados por el paseo y me voy hacia el lago por si lo de la lluvia es cosa de los árboles y no de las nubes… y por lo de la tierra y el terreno blandito. Al completar la primera vuelta me caen dos gotas más, igual que antes, una en la frente y la otra en la mascarilla. Esta vez no hay duda porque no hay árboles cerca,  son de la nube… o a lo mejor ha sido el viento. Dudo entre seguir o volver a casa para coger el chubasquero. Paro de golpe y vuelvo atrás, que me parece lo más sensato, y así, de paso, miro si queda algo de antinflamatorio, ni que sea un poco, para el pie… o para el muslo, no sé. Al pasar nuevamente por la farmacia cerrada pienso en  consultar cual está de guardia (hoy es domingo) por si me decido a comprar la crema hoy y no esperar a mañana, por si la molestia no se me pasa. Siempre me digo que no hay que dejar para mañana lo que puedas hacer hoy pero no siempre me decido a cumplirlo, a veces dudo.  Llego a casa y voy a por el chubasquero, lo cojo y me lo pongo sin dudar. Antes de volver a la calle salgo al balcón a ver si llueve o no. No llueve pero la nube está más negra y parece que sí, que lloverá seguro. Con la mirada fija en la nube, me refriego en el muslo lo que quedaba de crema y, no sé, no sé si salir otra vez o quedarme en casa… Porque para no poder correr, dudo de si vale la pena.  Miro la calle desde arriba y todavía está vacía. Me da, otra vez, la ansiedad del parking vacío. Tras un instante dubitativo decido quedarme.

Ayer salí a correr a las seis de la mañana y se me  cruzaron unos conejillos cuando pasaba por la zona de hierba que hay junto al río, frente al nuevo Burger King.  Mañana lo cuento.  

Joan López – Mayo 2020