Un rato con María y un poco de chocolate

A las diez menos diez del sexto día de confinamiento me apeteció pasar un rato con Maria. Como no podía presentarme con las manos vacías fui a la cocina en busca de  algún presente que llevarle y compartir. Sin éxito rebusqué en los armarios, en los de arriba y en los de abajo, y en los desordenados  cajones hasta la desesperación. El enfado y la ira me arrebataron el ser y sólo el freno  para el cierre –¡Suerte que los compré así aunque eran más caros!—evitó que rompiera algún mueble. A ella no le gustan las citas a solas y, mucho menos, a ciegas. Recordé lo que pasó la última vez y estuve a punto de desistir en la visita.  La última vez no fue bien porque cuando se nos acabó la conversación sobre los temas importantes la emprendimos con el azúcar, que si sí, que si no, que si el café hay que tomarlo sin, como los buenos cafeteros y que, además, esa gente está más sana y no engorda… ¡Por lo del azúcar, claro!

Maria es así, hay que aceptarla con su manía de sentirse siempre la mejor. ¡Como si fuera una verdad absoluta!  Sí, vale, lo admito: es verdad que siempre está perfecta y es auténtica sin florituras, aunque no se arregle ni un poquito.

Bueno, creo que la cosa no hubiera acabado tan mal con algo que compartir para ofrecerle. En esas estaba, apoyado a dos manos en la encimera, maldiciendo todo lo que se puede maldecir en estos casos,  cuando se me encendió la bombilla y recordé algo que podría servir. En casa lo guardamos en la nevera y allí que fui para ver si nos quedaba un poco para poder llevarle.  Y sí, allí estaba, en el lugar reservado para los huevos… ¡Cómo siempre lo más lógico!

Partí un par de onzas con los dedos y me fui donde Maria un rato.

 

Joan López

Confinado en Santa Perpètua, Marzo de 2020